
Instrumento de medida del tiempo que se basa en la situación sobre un plano de la sombra producida por un marcador expuesto a la luz solar. Se compone de dos partes: el nomon y la superficie de lectura. El nomon es el dispositivo que produce la sombra; por lo general es una pieza paralela al eje de la Tierra, que apunta al polo celeste. La superficie de lectura está marcada con las horas del día. Cada reloj de sol está diseņado para una latitud concreta. Para calcular la hora oficial a partir de la hora solar se emplean tablas, porque la hora solar es irregular al variar la velocidad aparente del Sol a lo largo del aņo. Los relojes de sol se utilizaban para averiguar la hora del día antes de que los relojes se generalizaran en el siglo XVIII.
El Tiempo Solar
El giro de la Tierra alrededor del Sol, dando origen a la
sucesión da los días y las noches, es el gran marcapasos de
nuestra vida, infundiendo en ella el ritmo básico, sobre el
que cabalgan todos los demás, poseyéndonos tan intensamente
que nada hay en nuestro cerebro que pueda reproducirlo: el
hombre apartado del sol y del mundo, aislado, abandonado a
su voluntad, reproduce ese ritmo porque lo necesita, pero
apartándose notablemente de la duración de veinticuatro
horas, unas veces por defecto y otras por exceso.
El ciclo día-noche importante para cada persona es el natural del lugar en el que está. Así ha vivido la humanidad durante miles de aņos y solo la complejidad de la vida moderna ha impuesto convenios según los que se acepta que es la misma hora en territorios muy amplios de la superficie da la tierra, con lo que la hora natural, que es la que va marcando el sol, no coincide con la convenida, que es la hora civil, en casi ningún sitio y en muchos por mucha diferencia. A eso se aņade que por cuestiones energéticas, se adelante la hora civil en dos con respecto a la natural y tenemos lugares en los que el mediodía no llega hasta las tres de la tarde, o casi.
Entre tanto convencionalismo conviene de vez en cuando encontrarse con un reloj de sol, también llamado cuadrante solar, que nos lleve a la realidad de las cosas, nos diga si es por la maņana o por la tarde con toda exactitud, si aún no debemos almorzar a pesar da que la hora civil diga que es más de la una, etc., etc. El nos marca con su dedo mágico, llamado nomon o estilo, la hora natural, la del lugar donde estamos, la que directamente nos afecta.
Los relojes de sol son instrumentos de control de los movimientos de la Tierra y el Sol, en ellos convergen ciencia (matemáticas, física, geometría, astronomía), cultura y arte, y han sido durante mucho tiempo la única ayuda, el único punto de referencia para la evolución mecánica de todos los tipos posteriores de relojes.
Durante los cientos de miles de aņos que abarca la evolución de la especie humana, el hombre se comportó como un simple depredador, comía lo que encontraba en su entorno: frutos, semillas, raíces o lo que cazaba o pescaba, y socialmente estaba organizado en hordas poco numerosas que se trasladaban de un lugar a otro cuando los alimentos comenzaban a escasear. Estos hombres fueron buenos observadores de la naturaleza, y los fenómenos que sucedían en el cielo debieron llamar su atención. Tal vez, al principio sólo fue una distracción, contemplaban las estrellas y su disposición les hacia imaginar figuras e historias. Pero pronto encontraron una utilidad, algunos de esos fenómenos que se sucedían de forma periódica en el cielo: el lugar del horizonte por donde se ponía el Sol, las fases de la luna o las constelaciones visibles durante la noche, coincidían con otros de los que dependía su subsistencia: la recogida de los frutos, las migraciones de los animales o el tiempo de lluvias o de sequía. De este modo, el movimiento aparente de los cuerpos celestes: el Sol, las estrellas, la Luna o los planetas, ofrecieron a estos primeros hombres una referencia para ubicarse en el tiempo. Se conocen pocos detalles de cómo lo hicieron, no obstante se conservan algunos restos arqueológicos, como unos bastones y huesos, que datan de la glaciación que hace 20000 aņos se produjo en Europa, en los que algún hombre marcó líneas y horadó agujeros contando los días entre las fases de la Luna.
Más tarde, hace unos doce mil aņos, se produjo la que los arqueólogos han llamado "revolución neolítica" o "revolución agrícola". La forma de vivir de algunos hombres cambio de modo radical, de recolectores errantes pasaron a asentarse en un territorio donde cultivaban sus alimentos. Y también necesitaron medir el paso del tiempo; la observación del Sol y de sus diversas posiciones en el cielo a lo largo del aņo permitió establecer el momento más adecuado para las diversas prácticas agrícolas.

Las alineaciones de las construcciones
megalíticas de hace unos 4700 aņos en Stonehenge
(Inglaterra) muestran que su propósito aparentemente incluía
la predicción de las estaciones y determinadas efemérides
astronómicas: eclipses lunares, solsticios...
La piedra "heel" seņalaba el lugar de salida del Sol en el
solsticio de verano.
La mente primitiva de aquellos seres humanos
asoció el ciclo agrícola, del que dependía su supervivencia,
con el de los cuerpos celestes y atribuyeron a los astros un
poder extraordinario. Así, el Sol, regulador de la
naturaleza y símbolo de vida, fue objeto de culto. Se pueden
encontrar vestigios de ello en las más antiguas tradiciones
populares:
* La Navidad, en el solsticio de invierno (día que la
semilla comienza a germinar en el surco) que fue celebrado
por los campesinos con fuegos y sacrificios para alimentar
al Sol recién nacido.
* Las hogueras de San Juan, que coinciden con el solsticio
de verano, festejaban el triunfo y la madurez del Sol.
Mas que la aplicación práctica para la agricultura, que
debido a las fluctuaciones meteorológicas es más bien
irregular en sus actividades, fueron esas festividades y
ceremonias religiosas, que acompaņaban a las actividades
agrícolas, las que impulsaron la invención de calendarios y
el estudio de la astronomía (había que ser muy estricto con
el servicio a los dioses). Ese conocimiento estuvo
restringido a los sacerdotes que, como sus rituales
seņalaban en el tiempo los instantes favorables para las
labores, gozaron de gran poder social.
Para organizar sus tareas religiosas y burocráticas, cada
vez más complejas, en algunas civilizaciones del Oriente
Medio y Norte de áfrica, hace 4000 ó 5000 aņos, se tuvo que
dividir el día en partes. Primero lo hicieron los Sumerios y
más tarde los Egipcios.

Los Egipcios, alrededor de aņo 3500 a.d.C., alzaron obeliscos cuyas sombras indicaban el mediodía, y el día más largo y el más corto del aņo. Posteriormente aņadieron más marcas en la base del obelisco para dividir el día en más partes. Fue hacia el siglo VIII a.d.C., cuando idearon el primer reloj de sol capaz de medir el paso de las horas. Este instrumento dividía el periodo del día con sol en 10 partes, a las que aņadieron otras dos correspondientes al amanecer y al anochecer. Consistía en una varilla que hacia de base y otra perpendicular y horizontal sobre uno de los extremos, que proyectaba su sombra sobre las marcas horarias de la base. Por la maņanas se orientaba hacia el Este, girándose al mediodía hacia el Oeste para que indicase las horas de la tarde.
El astrónomo Babilónico Berosus, hacia el siglo III a.d.C., construyó un reloj de sol hemisférico. Hecho de madera o piedra consistía en una pieza cúbica con una cavidad hemisférica en la que se colocaba una varilla o estilete. La sombra de este describía un arco cuya posición variaba con las estaciones, en la cara interna de la hemiesfera se trazaban una serie de arcos, correspondientes a las estaciones, divididos en doce partes iguales, correspondientes a las doce horas de sol. Inspirado en este reloj se ideó el hemiciclo, que ha sido utilizado hasta el siglo XIV.

Fueron los griegos (250 aņos a.d.C.) con sus conocimientos de geometría los que construyeron los primeros relojes de sol con un plano donde se proyectaba la sombra de una varilla o estilete. Sobre este plano, que podía ser vertical, horizontal o inclinado, se trazaban las líneas que indicaban la hora y las que indicaban la estación. Los antiguos romanos, desde el punto de vista científico, no aņadieron nada nuevo con respecto a la medición del tiempo, siguieron utilizando los relojes de sol desarrollados por los griegos. Según el ingeniero y arquitecto romano Vitruvio, se utilizaron al menos trece tipos distintos de relojes de sol.
La decadencia del Imperio romano y su caída a causa de las invasiones de los bárbaros, provocaron en Occidente un largo periodo de oscuridad intelectual. Es necesario esperar hasta el feudalismo para asistir a la difusión de los relojes de sol por el continente Europeo. Fue la orden religiosa de los benedictinos (529 d. de C.) y su esmero en cumplir con el horario que su fundador san Benito dictó, lo que estimuló a estos monjes en el estudio de la construcción de relojes de sol. Los primeros relojes de sol grabados en las fachadas de piedra de las iglesias y catedrales empiezan a aparecer a comienzos del siglo VIII. En el aņo 1000 se construyeron relojes solares horizontales para los que se utilizaron orificios en las bóvedas de las catedrales.
Hasta aquí, la duración de las horas que marcaban los relojes de sol dependía de la época del aņo, en invierno eran más cortas que en verano, no fue hasta el siglo XIV cuando se construyeron relojes con horas "iguales". En esta nueva clase de relojes se utilizó un estilete orientado, paralelo al eje de rotación de la Tierra. En las paredes de los edificios, realizados con la técnica del fresco, los relojes de sol ocupaban un lugar preferente y fue en el siglo XV cuando estos tuvieron su máximo esplendor.